La cruda realidad del hombre en la pareja: De niños eternos a compañeros reales
A ver, vamos a poner las cartas sobre la mesa desde el primer minuto. Se dice, se comenta y se rumorea en casi todas las reuniones de amigas (y en no pocas consultas de coaching) que el hombre es el principal "proveedor" de conflictos en una relación. Y oye, no voy a ser yo quien se ponga la venda en los ojos: gran parte de esa fama nos la hemos ganado a pulso.
Como profesional del Coaching con el lomo ya curtido en mil batallas, os diré que el panorama que me encuentro, tanto en mis sesiones presenciales en Asturias como en las videoconferencias online, suele repetir un patrón que parece sacado de un manual de resistencia a la madurez. No es que el hombre sea "malo" por naturaleza, es que muchos se han quedado atascados en un limbo emocional donde esperan que su pareja sea una mezcla entre una secretaria personal, una amante de película y, sobre todo, una madre abnegada.
El síndrome de Peter Pan: ¿Por qué nos cuesta tanto dejar de jugar?
No es una teoría conspiranoica ni un invento de la psicología moderna para vender libros. El desarrollo tardío de la madurez emocional en el hombre es una realidad que condiciona la salud de cualquier convivencia. Hablamos de ese "niño eterno" que prefiere ignorar los problemas antes que afrontarlos, que ve las responsabilidades domésticas o emocionales como una carga impuesta y que, ante la mínima presión, activa el modo evasión.
"La mayor parte de los hombres mueren a los 25 años, pero no los entierran hasta los 75". — Benjamin Franklin.
Esta cita de Franklin, aunque dura, refleja perfectamente lo que ocurre en muchas parejas. El hombre entra en la relación con la mentalidad del "juguete nuevo". Al principio todo es novedad, entusiasmo y esfuerzo por agradar. Pero en cuanto el juguete pierde el brillo de la novedad y aparecen las facturas, las discusiones sobre quién saca la basura o la gestión de las emociones del otro, muchos hombres se bloquean. Se vuelven incapaces de
El peso del condicionamiento: Niños que no saben ser personas
Desde que tenemos uso de razón, la educación nos ha segmentado. A las niñas se las orientaba hacia el cuidado, la empatía y la gestión del hogar (ese rol de "madre eterna"), mientras que a los niños se nos empujaba hacia la acción, la competitividad y, lamentablemente, hacia una desconexión emocional galopante. "Los niños no lloran", "eso son cosas de chicas"... ¿Os suena? Pues ese barniz educativo es el que luego genera adultos funcionales en lo profesional, pero analfabetos en lo sentimental.
Esta segmentación cultural crea un abismo de comunicación. El hombre crece sin desarrollar tareas y sensibilidades que se consideran "ajenas a su rol", y eso se traduce en una incapacidad absoluta para comprender las necesidades de su pareja. El resultado es un tipo que busca constantemente una madre que le solucione la vida, le perdone los despistes y le ría las gracias, evitando cualquier cuota de
La trampa de la "Mujer-Madre" y el fin del deseo
Cuando el hombre se comporta como un niño, obliga a la mujer a ocupar el puesto de cuidadora. Y aquí viene el desastre: es biológicamente imposible sentir un deseo sexual y romántico arrollador por alguien a quien tienes que recordarle que se cambie los calcetines o que no deje los platos en el fregadero "para que se remojen" tres días.
En mis sesiones de
Redefiniendo al hombre: Más allá del prototipo de "Macho"
Ser un hombre de verdad no tiene nada que ver con la testosterona, el coche que conduces o cuántos kilos levantas en el gimnasio (y eso os lo dice alguien que entrena cada mañana con pesas). Un hombre que ha trabajado en sí mismo, que ha decidido ser "persona" antes que "estereotipo", está a años luz del energúmeno que muchos critican.
Un hombre maduro es aquel que:
Sabe que el compromiso no es una cárcel, sino una elección de libertad.
Es capaz de llorar sin sentir que pierde su virilidad y de reír con la misma intensidad.
Asume que
y no se rinde ante la primera curva.el amor requiere esfuerzo Entiende que la fidelidad no es una imposición, sino una consecuencia lógica de valorar lo que tiene en casa.
"No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho". — Séneca.
Y en las relaciones, perdemos muchísimo tiempo intentando cambiar a personas que no quieren crecer. Si tienes a tu lado a alguien que aún no ha salido de la pubertad emocional, mi consejo como profesional es claro: no eres su terapeuta ni su madre. No malgastes tu energía intentando esculpir un adulto a partir de un bloque de plastilina.
¿Cómo saber si estás con un adulto o con un proyecto de hombre?
A veces nos cegamos. El amor (o lo que creemos que es amor) nos hace justificar comportamientos infantiles. Pero hay señales que no mienten. Un hombre que está preparado para una relación no se siente amenazado por el éxito de su pareja, no huye de las conversaciones difíciles y, sobre todo, no utiliza la excusa de "es que yo soy así" para no mejorar.
Si notas que
El camino del cambio: ¿Se puede aprender a ser un hombre adulto?
Por supuesto que sí. Pero requiere valor. El valor de mirarse al espejo y admitir que uno se ha equivocado, que ha sido egoísta o que se ha dejado llevar por la inercia de unos roles obsoletos. En el coaching, trabajamos precisamente eso: la toma de conciencia. No se trata de dar lecciones de moral, sino de
Si un hombre decide dar el paso, puede descubrir una forma de amar mucho más plena, sin máscaras ni juegos de poder. Puede ser un loco enamorado y, a la vez, el pilar más sólido de su familia. Pero ese cambio debe nacer de él, no de la insistencia de su pareja.
Conclusión: Menos etiquetas y más humanidad
Al final del día, todos somos personas intentando encajar en un mundo que a veces nos viene grande. Pero no podemos usar la educación recibida como una excusa perpetua para nuestro mal comportamiento. Si eres hombre y estás leyendo esto, pregúntate: ¿Soy el compañero que me gustaría que mi pareja tuviera? Y si eres mujer: ¿Estoy con alguien que suma o con alguien a quien tengo que llevar de la mano?
La visión de un hombre puede aportar mucha luz, siempre que ese hombre sea lo suficientemente valiente para ser sincero consigo mismo. Ser un "caballero" en el siglo XXI no es abrir puertas, es
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